Cometas en la Espasa

Cometas en la Espasa
Escrito por “Alma de Pombar”

Estaba llena de coloridos molinillos de viento girando sin cesar y banderines anunciando que algo muy especial iba a suceder allí. El aroma salado de las olas al romper contra la costa estaba suspendido en el ambiente. El sol tocaba con sus rayos los rostros sonrientes que miraban al cielo. Una brisa acariciaba los brazos de quienes sujetaban las cuerdas de las protagonistas de aquel día. Las cometas se alzaban volando, algunas con alegres cascabeles que sonaban al moverse por el viento. Jamás había visto la playa, una de mis favoritas, de aquella manera.

El cielo estaba cuajado por cientos de cometas que interrumpían con su variable armonía el horizonte monótono y lineal. Todas juntas eran como un arco iris de telas que surcaba las nubes. Las cuerdas a las que estaban ancladas se mecían por el viento como cabellos de sirena. Volar cometas es mirar hacia el cielo, ser libre como el viento teniendo los pies en la tierra.

Unas permanecen estáticas en solitario, otras en grupo giran acrobáticas, todas a distintas alturas, respetando cada una su trozo celeste. Tantas y tan distintas, con diferentes formas, tamaños y colores, transmitiendo la personalidad de quien las había hecho: adultos con el corazón de niños. Matemáticas y física jugando con el viento, sentimientos y deseos moviéndose al aire.

Había dos que llamaban poderosamente la atención a todos por su originalidad. Eran de un tamaño descomunal. Una de esas cometas tenía forma de gamba gigantesca con colores anaranjados y rojizos que movía sus grandes patas al viento. Parecía que iba a escaparse de aquella fina cuerda a la que estaba sujetada como a un anzuelo y salir corriendo. La otra cometa era un pulpo inmenso, que volaba muy alto para no chocar con sus colosales tentáculos sobre las pequeñas cabezas de los asistentes que estábamos en la playa de Caravia. Aquel pulpo tenía unos enormes ojos de tela y parecía no perder detalle con su mirada privilegiada de observador aéreo.

Era la hora de comer y fueron poco a poco descendiendo los colores del cielo. Nuestros corazones se encogían de tristeza al ver cómo los sedales se recogían y las cometas caían al suelo para hacer una pausa obligada. Necesitábamos algo para reponer las fuerzas, aunque la energía que había en el ambiente alimentaba de alegría nuestra felicidad.

Fueron bajando las cometas de flores, los copos de nieve, el perrito, los molinillos de colores, las vacas, los espectaculares pulpo y gamba, los peces, las cometas recicladas con gabardinas viejas y telas de paraguas rotos, las compradas con personajes de dibujos animados, las cometas de arco iris hechas por los más pequeños en el taller de aquella mañana, … Hasta que el cielo se quedó huérfano y limpio por un tiempo.

Recogimos las cometas y fuimos a la carpa de la organización, donde había una comida “de Traje”. Se llama así porque cada cual trae lo que puede para comer y beber, y lo pone en la gran mesa común donde picamos un poco de todo mientras conversamos de pie. Es una comida fraternal de hermandad, la excusa para encontrar a los conocidos y hablar con nuevos amigos de cualquier lugar del país. Yo “traje” una empanada de cecina y queso, y la puse encima de la mesa. El resto de asistentes también iban dejando la comida y bebida que aportaban para aquel maravilloso ágape comunal. Teníamos empanadas, bocadillos, sidra, bollos preñaos, zumos, …
Sería cansado poner tantas y tantas cosas que se iban dejando en la mesa. Fuimos más de 50 personas en aquella comida “de traje”. Lo más curioso es que no se repitió ningún alimento ni bebida, parecía que nos habíamos puesto de acuerdo entre todos. ¡Qué organización!. Era como la “Fiesta de No Cumpleaños” de cada uno de nosotros.

Durante la comida hablábamos unos con otros, en grupos, participando todos de pequeñas conversaciones dinámicas que evolucionaban según cada zona de la mesa a la que te acercabas a coger la comida que allí estaba. En un rincón había una señora misteriosa que no encajaba con el resto. Parecía una intrusa sospechosa que se había colado allí. Era estirada como un palo, con un delgado cuello de garza y ojos profundos de búho que todo lo observa. Estaba peinada de peluquería con unos rizos perfectos cuajados de laca para que el viento ni los moviera. No hablaba con nadie y nadie parecía conocerla. Era rara, mordía trozos pequeños con su minúscula boca pintada de carmín burdeos, masticando con una lentitud de tortuga centenaria. No se le caía ni una pequeña miga de pan en su largo vestido, que era de color gris oscuro como una nube que presagia tormenta.

Pablo, uno de los organizadores, se acercó a conversar con la señora. Quería saber quien era porque la intriga le picaba la curiosidad. Muchos permanecimos conversando de banalidades esperando a que se desvelara el secreto que escondía aquella mujer. Tras unos minutos hablando con ella vimos a Pablo con una sonrisa en los labios. Permanecimos a la espera un momento que pareció interminable, con el alma en vilo por saber la identidad de aquella enigmática señora. Pablo se acercó a nosotros y nos explicó que era la abuela de Gonzalín, un niño que era muy bueno con su cometa y venía todos los años acompañado de sus padres. Este año ellos no habían podido venir y su abuela le acercó desde Cabrales hasta la playa de la Espasa para que volara su cometa, viera a sus amigos de cada año y se bañara en la playa.

Gonzalín y su abuela eran los que habían traído aquel gran trozo fragante de queso Cabrales que nos tenía himnotizada la nariz con su perfume picante y su textura cremosa. Era la esencia de los Picos de Europa untada en el crujiente pan, … y alguien dijo “el año que viene haré una cometa con la figura de un pastor”. Todos aplaudimos riendo por aquel homenaje espontáneo. Aún no nos habíamos despedido y ya me imaginaba como serían las nuevas cometas. El año que viene nos reuniremos todos otra vez y las veremos en la Espasa.

Este texto es un un regalo de “Alma de Pombar”

Notas del autor/a:
Los nombres están inventados pero las sensaciones son reales, fue lo que sentí de corazón. Muchas gracias por compartir vuestra afición con nosotros y por transmitirnos que se puede volver a la infancia con mirar una cometa en el cielo. Cuidaros mucho y hasta la próxima. Fdo. “Alma de Pombar”

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